NFL · Fútbol Americano — 18 de mayo de 2015 | 11:58

Tom Brady, la estrella de papel

La sanción al quarterback de los New Englad Patriots por su relación con el DeflateGate acaba con la inmaculada imagen de un jugador extraordinario

Un texto de

Todavía quedan más de cien días para el inicio de la temporada pero el fútbol ya lo inunda todo en Estados Unidos, tremenda su hegemonía sobre el resto de partidos incluso cuando no se disputan partidos y la gaseosa del draft parece disipada. La culpa la tiene Tom Brady, el prodigioso quarterback de los New England Patriots, ganador de la última Super Bowl y probablemente la cara más reconocida de este deporte dentro y fuera del país, sancionado por su relación con la manipulación de la presión de los balones durante un partido de la pasada temporada, lo que va camino de manchar su inmaculada trayectoria deportiva, señalado por muchos como tramposo o, lo que casi es peor en América, como un mentiroso. Un mito sobre el alambre.

La tormenta ha llegado para quedarse a la NFL, la liga que más dinero mueve de todo el planeta y que vive estos días revolucionada por la sanción a los todopoderosos Patriots. Los hechos se remontan a la pasada final de la conferencia americana, paso previo a la Super Bowl, cuando los árbitros se dieron cuenta de que los balones con los que jugaba el equipo de Nueva Inglaterra tenían menos presión de lo reglamentario. Aquello no resultó determinante para el partido -ni siquiera defienden esa tesis sus rivales- porque los Patriots se fueron al descanso con una ventaja de 17-7 y arrasaron en la segunda mitad, ya con los balones inflados correctamente, para acabar 45-7. Pero aunque no existiera una ventaja evidente, la trampa sigue siendo trampa.

Sin pruebas directas

La NFL, por tanto, encargó una investigación de lo sucedido a Ted Wells, un prestigioso abogado penalista que después de centenares de entrevistas con jugadores, cuerpo técnico y demás responsables, unos miles de dólares y nada menos que 243 páginas concluyó que fue «más probable que no probable» que alguien dentro de los Patriots, concretamente sus utilleros, manipularan deliberadamente la presión de los balones.

El dossier presentado por Wells es tan enrevesado como todo el caso: si a Albert Einstein le llevó 17 páginas explicar el efecto fotoeléctrico en 1905, el informe del Deflagate intenta explicar a lo largo de un centenar de folios los principios de la Ley de los gases ideales, necesaria para intentar desacreditar la versión de unos Patriots que han defendido desde el minuto uno que los balones perdieron presión sin intervención humana alguna, probablemente por las condiciones atmosféricas.

Además de culpar a los Patriots, el informe señala también a la estrella del equipo, Tom Brady, al que se culpa de tener «una idea general» de los planes de Jim McNally y John Jastremski, en teoría los encargados de desinflar los balones por debajo de lo permitido. Al no existir pruebas circunstanciales contra el quarterback de los Patriots el dossier de Wells se apoya en el intercambio de mensajes vía móvil entre Mcnally y Jastremski, que parecen dar a entender que el mariscal está al corriente de su trabajo. Además, la estrella patriota queda marcada también por su «falta de cooperación» al negarse a facilitar el acceso a su móvil y su correo electrónico personal para buscar pruebas.

Un castigo muy duro

La ventaja competitiva de la trampa de los Patriots era mínima, pero la NFL ha castigado al equipo -con un millón de dólares y dos rondas de draft- pero sobre todo a su estrella con extrema dureza. A nadie se le escapa que la franquicia de Nueva Inglaterra acostumbra a ganar por decreto y bordear el límite del reglamento: en 2007 su entrenador, Bill Belichick, fue castigado por grabar los entrenamientos a puerta cerrada de sus rivales, y aunque esta vez todo el cuerpo técnico haya quedado exonerado de toda responsabilidad parece evidente que la liga ha entendido que existían antecedentes para una sanción importante.

De alguna manera a Brady le ha pasado factura jugar en los Patriots ya que por ello se ha invertido la carga de la prueba, una doctrina desterrada de todos los sistemas jurídicos modernos del mundo pero que funciona en el ámbito deportivo: no se trata de probar la culpabilidad de Brady, sino que es el quarterback el que debe demostrar su inocencia. La sentencia de la NFL, que habla de «comportamiento en perjuicio de la integridad» se apoya en el balance de posibilidades según el cual no resulta imprescindible la prueba de cargo para culpar a una persona, sino que el árbitro crea más probable la culpabilidad que la inocencia.

A Tom Brady, que en principio se perderá los primeros cuatro partidos de la temporada y el sueldo correspondiente a ese período, le ha faltado contundencia a la hora de responder a las acusaciones, especialmente durante su comparecencia ante los medios antes de la Super Bowl. «¿Es Tom Brady un tramposo?», le cuestionó directamente un periodista de la NBC. «No lo creo», se limitó a responder el quarterback, poco afortunado también al intentar desdramatizar el asunto. «No pasa nada, esto no es ISIS, no se está muriendo nadie», llegó a decir.

Ayuda de un premio Nobel

A pesar de los títulos, quizás por ellos, los Patriots se han convertido en uno de los equipos con más enemigos de América, tachados a menudo de prepotentes por sus artimañas dentro y fuera del campo. Unos minutos antes de que se hiciera pública la sanción por el «DeflateGate» decidieron contraatacar con toda la caballería a través de su propio informe, de casi 20.000 palabras, que intenta desacreditar el dossier de Wells con una cantidad ingente de información técnica, algunos comentarios en tono burlesco e incluso la colaboración de un premio Nobel, el bioquímico, Roderick MacKinnon para explicar algunas leyes científicas que intentan argumentar que los balones perdieron presión sin la mano del hombre.

La defensa de los Patriots coge aires novelescos cuando intenta exonerar a sus utilleros. Entre los mensajes que aparecen en el informe destaca uno de Jim McNally en el que se autodenomina «Deflator», lo que se podría traducir libremente como «desinflador». Según el informe publicado por los Patriots ese apodo se debe a que McNally intentaba perder peso y nada tenía que ver con la presión de los balones. McNally, según el informe Wells, introdujo los balones en un cuarto de baño adyacente al estadio aquella noche y estuvo allí durante al menos cien segundos, lo que podría haberle bastado para desinflar los balones con una aguja. La explicación del equipo es mucho más sencilla, ya que entienden que esa es la media que lle lleva «a un hombre ir al servicio, aliviarse, lavarse las manos y salir».

Brady ya ha presentado un recurso contra su sanción que en principio debería resolver en comisionado de la NFL, Roger Goodell, algo inaceptable según los Patriots y poco ético también para el sindicato de jugadores, que han pedido a Goodell que renuncie a ese papel o, en caso de que se resista, le citarán como testigo para crear un conflicto de intereses. Casi todos asumen una rebaja de la pena para Brady, que probablemente saque a relucir la sanción mínima para los San Diego Chargers en 2012 por utilizar resina para mejorar el agarre de los balones o el mero aviso a Panthers y Vikings por calentar ilegalmente los balones para disminuir la dureza que genera el frío en el balón durante los partidos invernales. La sombra de la duda sobre su papel en todo el escándalo, eso sí, parece que ya quedará unida para siempre en su historial. Una mancha para un mito gigantesco.

Víctor Pérez

Víctor Pérez es periodista. Licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III, fundó en 2001 FIFA-Champions para organizar torneos internacionales online del popular videojuego de EA Sports. Desde 2003 trabaja en el desarrollo de esta web como plataforma de información deportiva, que ha llegado a tener su propia revista interactiva, radio online y foros con una comunidad de más de 10.000 miembros. Durante los últimos tres años ha trabajado en la sección de deportes del diario ABC

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