
Un ataúd recorre la grada del Celtic Park, repleto como lo merecen los días grandes. Esta vez la afición ha acudido en masa para vivir en primera persona el que será el último derbi de una época centenaria. Las deudas están a punto de enterrar al Glasgow Rangers y los hinchas del Celtic lo celebran como si fuese un título, sin piedad, paseando el féretro de su enconado rival en medio del partido. La escena retrata la cruenta rivalidad del Old Firm, pura esencia de Escocia y uno de los derbis más ardientes del planeta.
Celtic de Glasgow y Glasgow Rangers se odian tanto como se necesitan, imposible explicar la historia del uno sin el otro. Una ciudad dividida entre dos mundos en la que el sectarismo lo empapa todo, también el fútbol, porque el derbi de Escocia es la representación de la batalla entre católicos y protestantes, entre lealismo y repbulicanismo, entre pro-irlandeses y unionistas. El Old Firm reporta más de 120 millones de euros a la economía escocesa, pero es un verdadero quebradero de cabeza porque en demasiadas ocasiones los partidos se convierten en una excusa para que se desate la violencia, verbal y física, dentro y fuera del campo. Los partidos suelen ser vibrantes, con una tensión enorme desde el minuto uno al pitido final, donde prima mucho más el coraje que la táctica o la técnica y a menudo todo se resuelve en los últimos minutos con tintes dramáticos.
Política y religión
El Glasgow Rangers fue fundado en 1872 por un grupo de cuatro amigos aficionados al remo que decidieron formar un equipo en Fleshers Haugh -hoy parque de Glasgow Green- y se fijaron en el nombre de un equipo de rugby para bautizar a la entidad. Dieciséis años más tarde llegaba a la ciudad el Celtic, levantado alrededor de la Iglesia de Santa María por un grupo de irlandeses con el Hermano Walfrid Kerins a la cabeza. La idea era utilizar el fútbol para recaudar fondos que combatiesen la pobreza del este de la ciudad, donde se habían refugiado cientos de inmigrantes. Entre la población escocesa reinaba por aquella época el sentimiento antiirlandés. Los inmigrantes sufrían la discriminación con mil estereotipos, retratados a menudo como alcohólicos y mano de obra barata.
Afloró entonces el sentimiento patriota en el Glasgow Rangers, que se envolvió entonces en la bandera del protestantismo para luchar contra la «herejía» de sus vecinos. El primer derbi se saldó con triunfo de los católicos (5-2) pero la enemistad no dejó de crecer a golpe de intolerancia. En 1912 se instaló en el puerto de la ciudad Harland and Wolf, la empresa de astilleros que armó el Titanic y que por sistema no contrataba a católicos, un precepto que asumió de inmediato el Rangers, defensor del Úlster y conservador por naturaleza. La rivalidad terminó por explotar en 1921 con instauración del Estado Libre en Irlanda después de 700 años de dominio británico. Desde entonces los hinchas del Celtic portan orgullosos las banderas de Irlanda allá donde juegue su equipo mientras que en Ibrox Park predomina la Union Jack británica.
La violencia más extrema se convirtió pronto en una pesadilla. En 1931 el guardameta del Celtic, John Thomson, chocó contra la rodilla de un rival, fracturándose el cráneo. Fue evacuado en ambulancia al Hospital Victoria y, mientras el partido continuaba, él murió en el hospital. Por eso la grada verde todavía recuerda hoy al portero que falleció en el Old Firm. La batalla se trasladó a la grada después de la II Guerra Mundial cuando afloró el movimiento ultra. Las gradas cantaban a favor del Sinn Fein o el IRA, entonaban canciones vetadas como la «Famine Song» que se burlaba de la hambruna de los años cuarenta que obligó a millones de personas a emigrar y redujo la población de Irlanda en tres millones de habitantes, se pegaban dentro y fuera de los estadios sin que apenas nadie lo impidiera en los años más complicados de un conflicto sangriento.
La penitencia del Rangers
Ibrox Park fue el escenario de la tragedia del derbi de 1971 en la que 66 personas murieron asfixiadas por una avalancha en la que más de 200 aficionados resultaron heridos. Nueve años más tarde, en la final de Copa disputada en Hampden Park los aficionados se enzarzaron en una salvaje pelea sobre el césped que terminó con decenas de heridos y cargas de la policía. El escándalo sacudió llegó hasta el parlamento, que aprobó la prohibición de la venta de alcohol de los estadios de fútbol. Celtic y Rangers se odian porque no pueden ser más distintos y la rivalidad se mantiene gracias a la igualdad: son los dos grandes -y únicos- del fútbol escocés, entre ambos suman 99 títulos de liga y 69 de copa en Escocia pero apenas han cosechado éxitos fuera. El Rangers ganó la Recopa en 1972 y el gran Celtic de Johnstone, Dalglish, McNeil y McGrain levantó en 1967 la Copa de Europa.
Los números de los enfrentamientos directos colocan ligeramente por encima al Glasgow Rangers, que después de 159 victorias, 96 empates y 144 derrotas en 399 derbis se vio obligado a autoliquidarse por culpa de las deudas. El club se refundó como ‘The Rangers Football Club Ltd’ y pidió la readmisión en la Premier escocesa, pero todos los equipos -por supuesto el Celtic- votaron en contra así que los protestantes se han visto obligados a empezar desde abajo, nada menos que la tercera division. En enero de 2015, con el nuevo equipo ya en segunda y con la vista puesta en el ascenso, se volvió a jugar un Old Firm casi tres años después de que el ataúd recorriera Celtic Park. La rivalidad tiene cuerda para rato aunque, de momento, el Celtic es claramente superior.


