La deuda que el fútbol tenía con sus inventores se saldó en el Mundial de 1966. Inglaterra se proclamó campeona gracias a un tanto que nunca existió en la final contra Alemania. El gol fantasma de Geoff Hurst fue la imagen de un torneo marcado por dudosas actuaciones arbitrales que siempre beneficiaron al equipo local. Hurst, único delantero capaz de marcar tres goles en la final de un Mundial, confesó décadas más tarde: «El balón nunca cruzó la línea».



