
De héroe a anónimo
Ángel Espínola Villén · Fútbol Anonimato
Dicen que en las guerras los dos bandos siempre son perdedores, porque pierden vidas, patrimonio, y felicidad . Lo reafirmo y añado que ambos bandos suelen poseer líderes con altos índices de estupidez humana. Pero en el caso del fútbol sí que hay un ganador. Un vencedor que eclipsa a toda la plantilla del derrotado.
¿Qué hubiera sucedido entonces, si el Mónaco hubiera ganado la final contra el Oporto de la Liga de Campeones de 2004?. Estoy seguro, que de esa plantilla, nuestro protagonista, el francés Jerome Rothen, hubiera emergido como una estrella mundial, cuyo límite sería inimaginable.
Esta historia responde hoy más a un ejercicio de ucronía que a la cruda realidad. Porque el Mónaco no ganó esa final. Y con él, cayó la gloria de Rothen. Descendió hasta el anonimato, aunque permanezca a las puertas del mismo, pero más dentro que fuera. No sufriría graves lesiones, pero jamás alcanzaría el culmen al que aspiraba.
Rothen es un interior izquierdo con una zurda exquisita. Es de los que centran al punto de penalti, de los que inventan balones teledirigidos al área. Tiene poca calidad técnica, por lo que no encara con facilidad, pero traza diagonales que pueden llegar a ser muy peligrosas. Le apodaron el “Beckham zurdo”, por la facilidad de sus centros, no por la facilidad de ganarse aficionadas eufóricas a las puertas de los hoteles.
Emergió el francés, de la generación de 1978, de la cantera del Caen. Y pasó por el Troyes antes de instituirse futbolista promesa en el Mónaco. Allí, con unos 25 años, dio grandes tardes de glorias y alegrías al Príncipe Alberto de Mónaco, siempre en el palco del Luis II. Fue tanta su progresión, que Rothen se convirtió, junto con Morientes y Prso, en la referencia de un conjunto que alcanzó la final de la Champions de 2004.
Debía ser su final, la de su explosión, la de su consolidación con la selección. Era el momento de relevar a Pires, y ese 26 de mayo de 2004 debía ser su día. Pero algo falló, las tornas giraron tan rápido como giran los relojes en la redacción de un periódico, siempre tan acelerados por el fluir del tiempo y las noticias. Rothen pasó de héroe potencial a jugador anónimo vitalicio. Desde ese día las cosas no volverían a funcionar en el principado de Mónaco.
Ahora disfruta en su ciudad natal, París, de su estancia en el París Saint-Germain. Ya con 30 años, aún debe fabular con lo que pudo haber sido y no fue. Aún debe sentirse el soldado derrotado de una guerra en la que sí hubo un vencedor, y no fue él. Ganó en 2005 la Copa Confederaciones con la selección Francesa, disputando varios partidos como titular. Sin embargo, su pasado ya había marcado su destino. En su sello estaba grabada la etiqueta más cruel del fútbol: la del anónimo.