
Angel Espinola · Escribiendo Fútbol
Fue profeta en nuestra tierra, pero su luz fue mucho más tenue de lo que debieran haber brillado sus negros músculos. Digo músculos, pero Raymond Kalla, es algo más que físico, su inteligencia rebasaba los posicionamientos tácticos de sus detractores, los delanteros. Kalla juega actualmente en su ciudad natal, Douala (en Camerún), donde disfruta de un retiro divino, en la sabana que un día abandonó para triunfar.
Es un defensor de gran talla (1,90 mts.), que aúna el liderazgo propio de los futbolistas extraordinarios y la capacidad de esfuerzo que poseen los “becarios” del terreno de juego. Quizá fuera demasiado temperamental, pero nunca se tiraba al suelo sin estar seguro de que ese balón sería suyo. Su altura denota un poder cabeceador, que el mismo connota en el césped de los humildes estadios mundiales.
Kalla, de la generación de 1975, atesora una trayectoria de las más anónimas que existen, para un futbolista que con su selección fue aclamado por toda la prensa mundialista. Comenzó a jugar en el Canon Youande de su país, en el cual permanece un par de años desde su debut. Su llegada a Europa se anticipó más de lo previsto, lo que le llevó a un club de “categoría anónima”, el Panahaiki griego. Allí, su fútbol se erigió en promesa, siendo convocado para Estados Unidos 1994, donde se consagrará como un africano más, que triunfa en la Europa occidental de la apatía y la indiferencia.
Finalizada la cita mundial de Francia en 1998, donde continúa el enaltecimiento de Camerún como una potencia futbolística internacional, Kalla emigra hacia la península ibérica, para reforzar al Extremadura CF de Almendralejo, que estaba en primera división, aunque seriamente comprometido con el descenso. Descenso que no puede evitar, recayendo al infierno, sinónimo siempre de anonimato, salvo contadas excepciones. Pero el camerunés seguirá compartiendo su inteligencia con unos futbolistas que no compartían sus ganas de fútbol.
Por ello, tras otros descenso del conjunto extremeño, decide cambiar de aires. Y de país. Llegando así a las filas del Bochum alemán, tras el mundial de Japón y Corea, el último compromiso internacional que aceptarían las ya viejas y “anónimas” botas del camerunés. Tres años daría el callo en el club teutón, defendiendo su raza en un país racista por historia y simple beligerancia.
En 2005, decide continuar su tour europeo en Turquía, en concreto en el Sivasspor, jugando una temporadita a un nivel más propio de su edad. Pero su fútbol, ya no estaba para batallitas. Kalla, siente el anhelo de su selección, aquella que le dio orgullo, prestigio y dinero. Aquella con la que ganó la Copa de África del 2000, la selección de la que fue capitán y aún se sentía militante. Esa es la razón de que ahora divague en el olvido, por el recuerdo de su Douala perdida. Fue profeta en su tierra, pero su luz nunca brilló lo suficiente en el “continente del fútbol”. Historia de un africano más.